jueves, 10 de julio de 2008

De sapos, príncipes y cuentos de hadas…

Como dicen por ahí: desde que el mundo es mundo, todas las generaciones, sin excepción, han tenido un gran culpable, un “chivo expiatorio”, un responsable por todos los males que les toca soportar… De los egipcios, los griegos y los romanos con sus coléricos dioses hasta las primeras fases del catolicismo y su Dios único, todopoderoso y sediento de venganza, desde la modernidad y la tecnología intrínseca de las máquinas en la revolución industrial hasta las drogas, la píldora anticonceptiva y el liberalismo sexual; desde el boom del feminismo con sus atroces consecuencias sobre los índices de divorcios y separaciones hasta la globalización, la contaminación y el nunca bien ponderado calentamiento global: Alguien/Algo siempre tuvo la culpa de lo que pasaba en la sociedad.

Nuestra generación, mi generación, tiene un listado extenso de posibles responsables de cada desastre al que nos toca enfrentar y cada uno de nosotros, según su formación, elije dos o tres culpables principales y les endilga los males mayores para lavarse las manos de responsabilidades y tener consciencias tranquilas, de esas que dejan dormir de noche y reír a carcajadas de día.

Yo, por supuesto, no escapo a esa costumbre malsana y tengo mi propia estructura de culpables con su prontuario policial incluido para no confundir males de uno con males de otro. Hoy voy a hablar sólo de uno de ellos, responsable principal y sin contendor alguno de todos los problemas, líos, males, inquietudes, etc, del corazón femenino de mis contemporáneas: Los Cuentos de Hadas.

Nosotras, las mujeres del siglo XXI, las arrechas e independientes mujeres del siglo XXI, las autosuficientes mujeres del siglo XXI, las liberadas y emancipadas mujeres del siglo XXI, que votamos, ocupamos altos cargos públicos, trabajamos en la calle de igual a igual con los hombres y en la casa de igual a igual con los esclavos de otrora, que construimos y destruimos nuestras vidas a nuestro antojo, crecimos leyendo, escuchando y mirando a desvalidas princesas, acorraladas por la maldad, incapaces de defenderse y ansiosas por ser rescatadas por ese gallardo y valiente príncipe azul, en su blanco corcel, espada al cinto y sonrisa de comercial de dentífrico.

De ahí que exista una tipología básica de mujeres/princesas que sacaron las conclusiones equivocada de las moralejas de los cuentos y se pasan la vida dándose golpes con cuánta pared se encuentran y llorando en los rincones de las grandes empresas donde trabajan por los sapos/príncipes/hombres con los que se tropiezan.

La mujer/princesa de tipo I por ejemplo, se leyó dos mil quinientas veces y media el cuento de la princesa que se encuentra al sapo parlante que le dice que si lo besa se convertirá en un apuesto príncipe, y se ha pasado los años enamorándose de cuánto sapo se encuentra en la vida, confiada en que alguno se transforme con el primer beso. Sapo visto, sapo besado y, según su nivel de optimismo, adopta una de las siguientes dos opciones:
- Lo sigue besando con insistencia, segura de que en el beso 27 sí va a transformarse, o en el beso 78 sí es verdad que se vuelve príncipe
- Lo deja abandonado luego de 4 o 5 minutos sin transformaciones mágicas y pasa al siguiente (sapo por supuesto).
Quiénes observan la situación desde las gradas no pueden creerse que semejante monumento de mujer desperdicie sus mejores y peores años de vida con cada espécimen de sapo más feo y más baboso que el anterior, y terminan creyendo que son problemas visuales o mentales sin detenerse a pensar en el verdadero culpable.

La mujer/princesa de tipo II es una versión patética pero más moderna de la anterior, se vio la película de la Bella y la Bestia en cine, la compró para betamax, vhs, dvd y la descargó a la computadora: está convencida de que cualquier bestia puede convertirse en príncipe si le dan el beso correcto. No importa cuantas turbas enardecidas vayan a rescatarla de las garras de la bestia que la maltrata y la tiene prisionera, ella se queda con él porque se sabe la historia de memoria y no tiene dudas de que debajo de ese disfraz de violencia, ira y malos tratos está la sonrisa de publicidad de dentífrico y los cabellos rubios y sedosos que tanto ansía. Con el pasar del tiempo empieza a creer que son sus besos los culpables, porque si ella supiera darle el beso correcto ¡él cambiaría!, así que, esperanzada (éstas por lo general son muy optimistas), echa mano a todos los recursos posibles para conseguir la fórmula del “beso correcto”, llegando incluso a permitir y consentir que la bestia se bese con otras mujeres para ver si de repente alguna de ellas lo transforma. El desenlace varía en cada caso pero lo más frecuente es que se quede con alguna de las besuconas que probó, que consigue de alguna forma sacarle el mejor provecho a su aspecto de bestia. ¿Y la protagonista del cuento?, sola, deprimida, desmoralizada por no ser capaz de “besar correctamente”.

La mujer/princesa de tipo III se cree muy evolucionada, ha leído dos o tres libros de autoayuda y escucha programas de mujeres arrechas que no andan besando sapos ni queriendo bestias. Se sabe dueña de su vida y se cree dueña de la verdad absoluta y por eso consigue atraer algunos buenos ejemplares del sexo opuesto, ella no cree en cuentos de hadas (bueno, cree que no cree). Pero, sin importar el hombre con el que ande, se pasa los días esperando que él le tienda la chaqueta sobre el charco de agua en la calle por donde van caminando (ni siquiera se da cuenta de que viven en la costa y él no lleva chaqueta). Cuando tiene un problema que se le escapa de las manos grita HELP y levanta la mano segura de que el galán vendrá en el caballo y con un movimiento rápido, viril y delicado la sacará sana y salva del problema. Si tiene un mal día en la oficina anhela llegar a la casa y ser recibida por su flamante caballero y un par de boletos de avión con destino a Hawai, Cancún o las Islas Fiji donde serán recibidos por la alta gerencia del mejor resort que dispondrá de todo lo necesario para hacerlo pasar una semana inolvidable. Y, sin importar el hombre con el que ande, termina siempre decepcionada, creyendo que no hay más que sapos y bestias en la viña del Señor y jurando no volver a enamorarse.

Las dos primeras ignoran que poseen dos armas infalibles, lo que sabiamente Voz Veis describe como “tu sonrisa que ilumina la ciudad, tu mirada que es un puente a otro lugar”. La tercera lo sabe, pero no puede usar eso para ser feliz. Todas siguen viviendo en la absurda realidad de los cuentos: nos pasamos la vida besando sapos multicolores que nos aseguran medir 1,80, tener castillos y caballos y hacernos felices para siempre; aguantando malos tratos mientras esperamos que las bestias dejen salir al galán dulce y encantador que tienen preso en su interior, juzgando a los hombres reales (buenos, inteligentes, amables pero humanos y por tanto falibles), con el molde del príncipe que nunca se equivoca.

Culpa de los cuentos de hadas…